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La Bella y la Bestia

Haba una vez un mercader muy rico que tena seis hijos, tres varones y tres mujeres; y como era hombre de muchos bienes y de vasta cultura, no reparaba en gastos para educarlos y los rode de toda suerte de maestros. Las tres hijas eran muy hermosas; pero la ms joven despertaba tanta admiracin, que de pequea todos la apodaban la bella nia, de modo que por fin se le qued este nombre para envidia de sus hermanas.
No slo era la menor mucho ms bonita que las otras, sino tambin ms bondadosa. Las dos hermanas mayores ostentaban con desprecio sus riquezas antes quienes tenan menos que ellas; se hacan las grandes damas y se negaban a que las visitasen las hijas de los dems mercaderes: nicamente las personas de mucho rango eran dignas de hacerles compaa. Se lo pasaban en todos los bailes, reuniones, comedias y paseos, y despreciaban a la menor porque empleaba gran parte de su tiempo en la lectura de buenos libros.

Las tres jvenes, agraciadas y poseedoras de muchas riquezas, eran solicitadas en matrimonio por muchos mercaderes de la regin, pero las dos mayores los despreciaban y rechazaban diciendo que slo se casaran con un noble: por lo menos un duque o conde

La Bella -pues as era como la conocan y llamaban todos a la menor- agradeca muy cortsmente el inters de cuantos queran tomarla por esposa, y los atenda con suma amabilidad y delicadeza; pero les alegaba que an era muy joven y que deseaba pasar algunos aos ms en compaa de su padre.

De un solo golpe perdi el mercader todos sus bienes, y no le qued ms que una pequea casa de campo a buena distancia de la ciudad.

Totalmente destrozado, lleno de pena su corazn, llorando hizo saber a sus hijos que era forzoso trasladarse a esta casa, donde para ganarse la vida tendran que trabajar como campesinos.

Sus dos hijas mayores respondieron con la altivez que siempre demostraban en toda ocasin, que de ningn modo abandonaran la ciudad, pues no les faltaban enamorados que se sentiran felices de casarse con ellas, no obstante su fortuna perdida. En esto se engaaban las buenas seoritas: sus enamorados perdieron totalmente el inters en ellas en cuanto fueron pobres.

Puesto que debido a su soberbia nadie simpatizaba con ellas, las muchachas de los otros mercaderes y sus familias comentaban:

-No merecen que les tengamos compasin. Al contrario, nos alegramos de verles abatido el orgullo. Qu se hagan las grandes damas con las ovejas!

Pero, al mismo tiempo, todo el mundo deca:

-Qu pena, qu dolor nos da la desgracia de la Bella! Esta s que es una buena hija! Con qu cortesa le habla a los pobres! Es tan dulce, tan honesta!

No faltaron caballeros dispuestos a casarse con ella, aunque no tuviese un centavo; mas la joven agradeca pero responda que le era imposible abandonar a su padre en desgracia, y que lo seguira a la campia para consolarlo y ayudarlo en sus trabajos. La pobre Bella no dejaba de afligirse por la prdida de su fortuna, pero se deca a s misma:

-Nada obtendr por mucho que llore. Es preciso tratar de ser feliz en la pobreza.

No bien llegaron y se establecieron en la casa de campo, el mercader y sus tres hijos con ropajes de labriegos se dedicaron a preparar y labrar la tierra. La Bella se levantaba a las cuatro de la maana y se ocupaba en limpiar la casa y preparar la comida de la familia. Al principio aquello le era un sacrificio agotador, porque no tena costumbre de trabajar tan duramente; mas unos meses ms adelante se fue sintiendo acostumbrada a este ritmo y comenz a sentirse mejor y a disfrutar por sus afanes de una salud perfecta. Cuando terminaba sus quehaceres se pona a leer, a tocar el clavicordio, o bien a cantar mientras hilaba o realizaba alguna otra labor. Sus dos hermanas, en cambio, se aburran mortalmente; se levantaban a las diez de la maana, paseaban el da entero y su nica diversin era lamentarse de sus perdidas galas y visitas.

-Mira a nuestra hermana menor -se decan entre s-, tiene un alma tan vulgar, y es tan estpida, que se contenta con su miseria.

El buen labrador, el padre, en cambio, saba que la Bella era trabajadora, constante, paciente y tesonera, y muy capaz de brillar en los salones, en cambio sus hermanas... Admiraba las virtudes de su hija menor, y sobre todo su paciencia, ya que las otras no se contentaban con que hiciese todo el trabajo de la casa, sino que adems se burlaban de ella.

Haca ya un ao que la familia viva en aquellas soledades cuando el mercader recibi una carta en la cual le anunciaban que cierto navo acababa de arribar, felizmente, con una carga de mercancas para l. Esta noticia trastorn por completo a sus dos hijas mayores, pues imaginaron que por fin podran abandonar aquellos campos donde tanto se aburran y adems lo nico que se les cruzaba por la cabeza era volver a la ociosa y fatua vida en las fiestas y teatros, mostrando riquezas; por lo que, no bien vieron a su padre ya dispuesto para salir, le pidieron que les trajera vestidos, chalinas, peinetas y toda suerte de bagatelas. La Bella no dijo una palabra, pensando para s que todo el oro de las mercancas no iba a bastar para los encargos de sus hermanas.

-No vas t a pedirme algo? -le pregunt su padre.

-Ya que tienes la bondad de pensar en m -respondi ella-, te ruego que me traigas una rosa, pues por aqu no las he visto.

No era que la desease realmente, sino que no quera afear con su ejemplo la conducta de sus hermanas, las cuales haban dicho que si no peda nada era slo por darse importancia.

Parti, pues, el buen mercader; pero cuando lleg a la ciudad supo que haba un pleito andando en torno a sus mercaderas, y luego de muchos trabajos y penas se hall tan pobre como antes. Y as emprendi nuevamente el camino hacia su vivienda. No tena que recorrer ms de treinta millas para llegar a su casa, y ya se regocijaba con el gusto de ver otra vez a sus hijas; pero err el camino al atravesar un gran bosque, y se perdi dentro de l, en medio de una tormenta de viento y nieve que comenz a desatarse.

Nevaba fuertemente; el viento era tan impetuoso que por dos veces lo derrib del caballo; y cuando cerr la noche lleg a temer que morira de hambre o de fro; o que lo devoraran los lobos, a los que oa aullar muy cerca de s. De repente, tendi la vista por entre dos largas hileras de rboles y vio una brillante luz a gran distancia.

Se encamin hacia aquel sitio y al acercarse observ que la luz sala de un gran palacio todo iluminado. Se apresur a refugiarse all; pero su sorpresa fue considerable cuando no encontr a persona alguna en los patios. Su caballo, que lo segua, entr en una vasta caballeriza que estaba abierta, y habiendo hallado heno y avena, el pobre animal, que se mora de hambre, se puso a comer vidamente. Despus de dejarlo atado, el mercader pas al castillo, donde tampoco vio a nadie; y por fin lleg a una gran sala en que haba un buen fuego y una mesa cargada de viandas con un solo cubierto. Quizs pecara de atrevido, pero se dirigi hacia all. La tentacin fue muy grande, pues la lluvia y la nieve lo haban calado hasta los huesos; se arrim al fuego para secarse, dicindose a s mismo: El dueo de esta casa y sus sirvientes, que no tardarn en dejarse ver, sin duda me perdonarn la libertad que me he tomado.

Se qued an esperando un rato largo, observaba hacia los otros recintos para tratar de ubicar a algn habitante en la mansin, pero cuando sonaron once campanadas sin que se apareciese nadie, no pudo ya resistir el hambre, y apoderndose de un pollo se lo comi con dos bocados a pesar de sus temblores. Bebi tambin algunas copas de vino, y ya con nueva audacia abandon la sala y recorri varios espaciosos aposentos, magnficamente amueblados. En uno de ellos encontr una cama dispuesta, y como era pasada la medianoche, y se senta rendido de cansancio, entumecido y aturdido de la aventura pasada hasta encontrar este cobijo, decidi cerrar la puerta y acostarse a dormir.

Eran las diez de la maana cuando se levant al da siguiente, y no fue pequea su sorpresa al encontrarse un traje como hecho a su medida en vez de sus viejas y gastadas ropas. Sin duda, se dijo, o no he despertado, o este palacio pertenece a un hada buena que se ha apiadado de m.

Mir por la ventana y no vio el menor rastro de nieve, sino de un jardn cuyos floridos canteros encantaban la vista. Entr luego en la estancia donde cenara la vspera, y hall que sobre una mesita lo aguardaba una taza de chocolate.

-Le doy las gracias, seora hada -dijo en alta voz-, por haber tenido la bondad de albergarme en noche tan inhspita y de pensar en mi desayuno.

El buen hombre, despus de tomar el chocolate, sali en busca de su caballo, y al pasar por un sector lleno de rosas blancas record la peticin de la Bella y cort una para llevrsela. En el mismo momento se escuch un gran estruendo y vio que se diriga hacia l una bestia tan horrenda, que le falt poco para caer desmayado.

-Ah, ingrato! -le dijo la Bestia con voz terrible-. Yo te salv la vida al recibirte y darte cobijo en mi palacio, y ahora, para mi pesadumbre, t me arrebatas mis rosas, a las que amo sobre todo cuanto hay en el mundo! Ser preciso que mueras, a fin de reparar esta falta.

El mercader se arroj a sus pies, junt las manos y rog a la Bestia:

-Monseor, perdname, pues no crea ofenderte al tomar una rosa; es para una de mis hijas, que me la haba pedido.

-Yo no me llamo Monseor -respondi el monstruo- sino la Bestia. No me gustan los halagos, y s que los hombres digan lo que sienten; no esperes conmoverme con tus lisonjas. Mas t me has dicho que tienes hijas; estoy dispuesto a perdonarte con la condicin de que una de ellas venga a morir en lugar tuyo. No me repliques: parte de inmediato; y si tus hijas rehsan morir por ti, jrame que regresars dentro de tres meses.

No pensaba el buen hombre sacrificar una de sus hijas a tan horrendo monstruo, pero se dijo: Al menos me queda el consuelo de darles un ltimo abrazo. Jur, pues, que regresara, y la Bestia le dijo que poda partir cuando quisiera.

-Pero no quiero que te marches con las manos vacas -aadi-. Vuelve a la estancia donde pasaste la noche: all encontrars un gran cofre en el que pondrs cuanto te plazca, y yo lo har conducir a tu casa.

Dicho esto se retir la Bestia, y el hombre se dijo:

Si es preciso que muera, tendr al menos el consuelo de que mis hijas no pasen hambre.

Volvi, pues, a la estancia donde haba dormido, y hall una gran cantidad de monedas de oro con las que llen el cofre de que le hablara la Bestia, lo cerr, fue a las caballerizas en busca de su caballo y abandon aquel palacio con una gran tristeza, pareja a la alegra con que entrara en l la noche antes en busca de albergue. Su caballo tom por s mismo una de las veredas que haba en el bosque, y en unas pocas horas se hall de regreso en su pequea granja.

Se juntaron sus hijas en torno suyo y, lejos de alegrarse con sus caricias, el pobre mercader se ech a llorar angustiado mirndolas. Traa en la mano el ramo de rosas que haba cortado para la Bella, y al entregrselo le dijo:

-Bella, toma estas rosas, que bien caro costaron a tu desventurado padre.

Y enseguida cont a su familia la funesta aventura que acababa de sucederle. Al orlo, sus dos hijas mayores dieron grandes alaridos y llenaron de injurias a la Bella, que no haba derramado una lgrima.

-Miren a lo que conduce el orgullo de esta pequea criatura -gritaban-. Por qu no pidi adornos como nosotras? Ah, no, la seorita tena que ser distinta! Ella va a causar la muerte de nuestro padre, y sin embargo ni siquiera llora.

-Mi llanto sera intil -respondi la Bella-. Por qu voy a llorar a nuestro padre si no es necesario que muera? Puesto que el monstruo tiene a bien aceptar a una de sus hijas, yo me entregar a su furia y me considerar muy dichosa, pues habr tenido la oportunidad de salvar a mi padre y demostrarle a ustedes y a l mi ternura.

-No, hermana -dijeron sus tres hermanos-, tampoco es necesario que t mueras; nosotros buscaremos a ese monstruo y lo mataremos o pereceremos bajo sus golpes.

-No hay que soar, hijos mos -dijo el mercader-. El podero de esa Bestia es tal que no tengo ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazn de Bella, pero jams la expondr a la muerte. Soy viejo, me queda poco tiempo de vida; slo perder unos cuantos aos, de los que nicamente por ustedes siento desprenderme, mis hijos queridos.

-Te aseguro, padre mo -le dijo la Bella-, que no irs sin m a ese palacio; t no puedes impedirme que te siga. En parte fui responsable de tu desventura. Como soy joven, no le tengo gran apego a la vida, y prefiero que ese monstruo me devore a morirme de la pena y el remordimiento que me dara tu prdida.

Por ms que razonaron con ella no hubo forma de convencerla, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la joven les haba inspirado siempre unos celos irresistibles. Al mercader lo abrumaba tanto el dolor de perder a su hija, que olvid el cofre repleto de oro; pero al retirarse a su habitacin para dormir su sorpresa fue enorme al encontrarlo junto a la cama. Decidi no decir una palabra a sus hijos de aquellas nuevas y grandes riquezas, ya que habran querido retornar a la ciudad y l estaba resuelto a morir en el campo; pero revel el secreto a la Bella, quien a su vez le confi que en su ausencia haban venido de visita algunos caballeros, y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rog que les permitiera casarse, pues era tan buena que las segua queriendo y las perdonaba de todo corazn, a pesar del mal que le haban hecho.

El da en que partieron la Bella y su padre, las dos perversas muchachas se frotaron los ojos con cebolla para tener lgrimas con que llorarlos; sus hermanos, en cambio, lloraron de veras, como tambin el mercader, y en toda la casa la nica que no llor fue la Bella, pues no quera aumentar el dolor de los otros.

Ech a andar el caballo hacia el palacio, y al caer la tarde apareci ste todo iluminado como la primera vez. El caballo se fue por s solo a la caballeriza, y el buen hombre y su hija pasaron al gran saln, donde encontraron una mesa magnficamente servida en la que haba dos cubiertos. El mercader no tena nimo para probar bocado, pero la Bella, esforzndose por parecer tranquila, se sent a la mesa y le sirvi, aunque pensaba para s:

La Bestia quiere que engorde antes de comerme, puesto que me recibe de modo tan esplndido.

En cuanto terminaron de cenar se escuch un gran estruendo y el mercader, llorando, dijo a su pobre hija que se acercaba la Bestia. No pudo la Bella evitar un estremecimiento cuando vio su horrible figura, aunque procur disimular su miedo, y al interrogarla el monstruo sobre si la haban obligado o si vena por su propia voluntad, ella le respondi que s, temblando, que era decisin propia.

-Eres muy buena -dijo la Bestia-, y te lo agradezco mucho. T, buen hombre, partirs por la maana y no suees jams con regresar aqu. Nunca. Adis, Bella.

-Adis, seor -respondi la muchacha.

Y enseguida se retir la Bestia.

-Ah, hija ma -dijo el mercader, abrazando a la Bella- yo estoy casi muerto de espanto! Hazme caso y deja que me quede en tu sitio.

-No, padre mo -le respondi la Bella con firmeza-, t partirs por la maana.

Fueron despus a acostarse, creyendo que no dormiran en toda la noche; mas sus ojos se cerraron apenas pusieron la cabeza en la almohada. Mientras dorma vio la Bella a una dama que le dijo:

-Tu buen corazn me hace muy feliz, Bella. No ha de quedar sin recompensa esta buena accin de arriesgar tu vida por salvar la de tu padre.

Le cont el sueo al buen hombre la Bella al despertarse; y aunque le sirvi un tanto de consuelo, no alcanz a evitar que se lamentara con grandes sollozos al momento de separarse de su querida hija.

En cuanto se hubo marchado se dirigi la Bella a la gran sala y se ech a llorar; pero, como tena sobrado coraje, resolvi no apesadumbrarse durante el poco tiempo que le quedase de vida, pues tena el convencimiento de que el monstruo la devorara aquella misma tarde. Mientras esperaba decidi recorrer el esplndido castillo, ya que a pesar de todo no poda evitar que su belleza la conmoviese. Su asombro fue an mayor cuando hall escrito sobre una puerta:

Aposento de la Bella

La abri precipitadamente y qued deslumbrada por la magnificencia que all reinaba; pero lo que ms llam su atencin fue una bien provista biblioteca, un clavicordio y numerosos libros de msica, lo que reuna todo lo que a ella le haca la vida placentera.

-No quiere que est triste -se dijo en voz baja, y aadi de inmediato-: para un solo da no me habra reunido tantas cosas.

Este pensamiento reanim su valor, y poco despus, revisando la biblioteca, encontr un libro en que apareca la siguiente inscripcin en letras de oro:

Disponga, ordene, aqu es usted la reina y seora.

-Ay de m -suspir ella-, nada deseo sino ver a mi pobre padre y saber qu est haciendo ahora!

Haba dicho estas palabras para s misma: cul no sera su asombro al volver los ojos a un gran espejo y ver all su casa, adonde llegaba entonces su padre con el semblante lleno de tristeza! Las dos hermanas mayores acudieron a recibirlo, y a pesar de los aspavientos que hacan para aparecer afligidas, se les reflejaba en el rostro la satisfaccin que sentan por la prdida de su hermana, por haberse desprendido de la hermana que les haca sombra con su belleza y bondad. Desapareci todo en un momento, y la Bella no pudo dejar de decirse que la Bestia era muy complaciente, y que nada tena que temer de su parte.

Al medioda hall la mesa servida, y mientras coma escuch un exquisito concierto, aunque no vio a persona alguna. Esa tarde, cuando iba a sentarse a la mesa, oy el estruendo que haca la Bestia al acercarse, y no pudo evitar un estremecimiento.

-Bella -le dijo el monstruo-, permitiras que te mirase mientras comes?

-T eres el dueo de esta casa -respondi la Bella, temblando.

-No -dijo la Bestia-, no hay aqu otra duea que t. Si te molestara no tendras ms que pedirme que me fuese, y me marchara enseguida. Pero dime: no es cierto que me encuentras muy feo?

-As es -dijo la Bella-, pues no s mentir; pero en cambio creo que eres muy bueno.

-Tienes razn -dijo el monstruo-, aun cuando yo no pueda juzgar mi fealdad, pues no soy ms que una bestia.

-No se es una bestia -respondi la Bella- cuando uno admite que es incapaz de juzgar sobre algo. Los necios no lo admitiran.

-Come, pues -le dijo el monstruo-, y trata de pasarlo bien en tu casa, que todo cuanto hay aqu te pertenece, y me apenara mucho que no estuvieses contenta.

-Eres muy bondadoso -respondi la Bella-. Te aseguro que tu buen corazn me hace feliz. Cuando pienso en ello no me pareces tan feo.

-Oh, seora -dijo la Bestia- , tengo un buen corazn, pero no soy ms que una bestia!

-Hay muchos hombres ms bestiales que t -dijo la Bella-, y mejor te quiero con tu figura, que a otros que tienen figura de hombre y un corazn corrupto, ingrato, burln y falso.

La Bella, que ya apenas le tena miedo, comi con buen apetito; pero crey morirse de pavor cuando el monstruo le dijo:

-Bella, querras ser mi esposa?

Largo rato permaneci la muchacha sin responderle, ya que tema despertar su clera si rehusaba, y por ltimo le dijo, estremecindose:

-No, Bestia.

Quiso suspirar al orla el pobre monstruo, pero de su pecho no sali ms que un silbido tan espantoso, que hizo retemblar el palacio entero; sin embargo, la Bella se tranquiliz enseguida, pues la Bestia le dijo tristemente:

-Adis, entonces, Bella -y sali de la sala volvindose varias veces a mirarla por ltima vez.

Al quedarse sola, la Bella sinti una gran compasin por esta pobre Bestia.

Ah, qu pena, se dijo, que siendo tan bueno, sea tan feo!

Tres apacibles meses pas la Bella en el castillo. Todas las tardes la Bestia la visitaba, y la entretena y observaba mientras coma, con su conversacin llena de buen sentido, pero jams de aquello que en el mundo llaman ingenio. Cada da la Bella encontraba en el monstruo nuevas bondades, y la costumbre de verlo la haba habituado tanto a su fealdad, que lejos de temer el momento de su visita, miraba con frecuencia el reloj para ver si eran las nueve, ya que la Bestia jams dejaba de presentarse a esa hora, Slo haba una cosa que la apenaba, y era que la Bestia, cotidianamente antes de retirarse, le preguntaba cada noche si quera ser su esposa, y cuando ella rehusaba pareca traspasado de dolor. Un da le dijo:

-Mucha pena me das, Bestia. Bien querra complacerte, pero soy demasiado sincera para permitirte creer que pudiese hacerlo nunca. Siempre he de ser tu amiga: trata de contentarte con esto.

-Forzoso me ser -dijo la Bestia-. S que en justicia soy horrible, pero mi amor es grande. Entretanto, me siento feliz de que quieras permanecer aqu. Promteme que no me abandonars nunca.

La Bella enrojeci al escuchar estas palabras. Haba visto en el espejo que su padre estaba enfermo de pesar por haberla perdido, y deseaba volverlo a ver.

-Yo podra prometerte -dijo a la Bestia- que no te abandonar nunca, si no fuese porque tengo tantas ansias de ver a mi padre, que me morir de dolor si me niegas ese gusto.

-Antes prefiero yo morirme -dijo el monstruo- que causarte el pesar ms pequeo. Te enviar a casa de tu padre, y mientras ests all morir tu Bestia de pena.

-Oh, no -respondi la Bella, llorando-, te quiero demasiado para tolerarlo! Prometo regresar dentro de ocho das. Me has hecho ver que mis hermanas estn casadas y mis hermanos en el ejrcito. Mi padre se ha quedado solo. Permteme que pase una semana en su compaa.

-Maana estars con l -dijo la Bestia-, pero acurdate de tu promesa. Cuando quieras regresar no tienes ms que poner tu sortija sobre la mesa a la hora del sueo. Adis, Bella.

La Bestia suspir, segn su costumbre, al decir estas palabras, y la Bella se acost con la tristeza de verlo tan apesadumbrado. Cuando despert a la maana siguiente se hallaba en casa de su padre. Son a poco una campanilla que estaba junto a la cama y apareci la sirvienta, quien dio un gran grito al verla. Acudi rpidamente a sus voces el buen padre, y crey morir de alegra porque recobraba a su querida hija, con la cual estuvo abrazado ms de un cuarto de hora.

Luego de estas primeras efusiones, la Bella record que no tena ropas con que vestirse, pero la sirvienta le dijo que en la vecina habitacin haba encontrado un cofre lleno de magnficos vestidos con adornos de oro y diamantes. Agradecida a las atenciones de la Bestia, pidi la Bella que le trajesen el ms modesto de aquellos vestidos y que guardasen los otros para regalrselos a sus hermanas; pero apenas haba dado esta orden desapareci el cofre. Su padre coment que sin duda la Bestia quera que conservase para s los regalos, y al instante reapareci el cofre donde estuviera antes.

Se visti la Bella, y entretanto avisaron a las hermanas, que acudieron en compaa de sus esposos. Las dos eran muy desdichadas en sus matrimonios, pues la primera se haba casado con un gentilhombre tan hermoso como Cupido, pero que no pensaba sino en su propia figura, a la que dedicaba todos sus desvelos de la maana a la noche, menospreciando la belleza de su esposa. La segunda, en cambio, tena por marido a un hombre cuyo gran talento no serva ms que para mortificar a todo el mundo, empezando por su esposa.

Cuando vieron a la Bella ataviada como una princesa, y ms hermosa que la luz del da, las dos creyeron morir de dolor. Aunque la Bella les hizo mil caricias no les pudo aplacar los celos, que se recrudecieron cuando les cont lo feliz que se senta. Bajaron las dos al jardn para llorar all a sus anchas.

-Por qu es tan dichosa esa pequea criatura? No somos nosotras ms dignas de la felicidad que ella?

-Hermana -dijo la mayor-, se me ocurre una idea. Tratemos de retenerla aqu ms de ocho das: esa estpida Bestia pensar entonces que ha roto su palabra, y quizs la devore.

-Tienes razn, hermana ma -respondi la otra-. Y para conseguirlo la llenaremos de halagos.

Y tomada esta resolucin, volvieron a subir y dieron a su hermana tantas pruebas de cario, que la Bella lloraba de felicidad. Al concluirse el plazo comenzaron a arrancarse los cabellos y a dar tales muestras de afliccin por su partida, que les prometi quedarse otros ocho das.

Sin embargo, la Bella se reprochaba el pesar que as causaba a su pobre monstruo, a quien amaba de todo corazn, y se entristeca de no verlo. La dcima noche que estuvo en casa de su padre, so que se hallaba en el jardn del castillo, y que vea cmo la Bestia, inerte sobre la hierba, a punto de morir, la reconvena por sus ingratitudes. Despert sobresaltada, con los ojos llenos de lgrimas.

No soy yo bien perversa, se dijo, pues le causo tanto pesar cuando de tal modo me quiere? Tiene acaso la culpa de su fealdad y su falta de inteligencia? Su buen corazn importa ms que todo lo otro. Por qu no he de casarme con l? Ser mucho ms feliz que mis hermanas con sus maridos. Ni la belleza ni la inteligencia hacen que una mujer viva contenta con su esposo, sino la bondad de carcter, la virtud y el deseo de agradar; y la Bestia posee todas estas cualidades. Aunque no amor, s le tengo estimacin y amistad. Por qu he de ser la causa de su desdicha, si luego me reprochara mi ingratitud toda la vida?

Con estas palabras la Bella se levant, puso su sortija sobre la mesa y volvi a acostarse. Apenas se tendi sobre la cama se qued dormida, y al despertarse a la maana siguiente vio con alegra que se hallaba en el castillo de la Bestia. Se visti con todo esplendor por darle gusto, y crey morir de impaciencia en espera de que fuesen las nueve de la noche; pero el monstruo no apareci al dar el reloj la hora. Crey entonces que le habra causado la muerte, y exhalando profundos suspiros, a punto de desesperarse, recorri la Bella el castillo entero, buscando intilmente por todas partes. Record entonces su sueo y corri por el jardn hacia el estanque junto al cual lo viera en sueos. All encontr a la pobre Bestia sobre la hierba, perdido el conocimiento, y pens que haba muerto. Sin el menor asomo de horror se dej caer a su lado, y al sentir que an le lata el corazn, tom un poco de agua del estanque y le roci la cabeza. Abri la Bestia los ojos y dijo a la Bella:

-Olvidaste tu promesa, y el dolor de haberte perdido me llev a dejarme morir de hambre. Pero ahora morir contento, pues tuve la dicha de verte una vez ms.

-No, mi Bestia querida, no vas a morirte -le dijo la Bella-, sino que vivirs para ser mi esposo. Desde este momento te prometo mi mano, y juro que no pertenecer a nadie sino a ti. Ah, yo crea que slo te tena amistad, pero el dolor que he sentido me ha hecho ver que no podra vivir sin verte!

Apenas haba pronunciado estas palabras la Bella vio que todo el palacio se iluminaba con luces resplandecientes: los fuegos artificiales, la msica, todo era anuncio de una gran fiesta; pero ninguna de estas bellezas logr distraerla, y se volvi hacia su querido monstruo, cuyo peligro la haca estremecerse. Cul no sera su sorpresa! La Bestia haba desaparecido y en su lugar haba un prncipe ms hermoso que el Amor, que le daba las gracias por haber puesto fin a su encantamiento. Aunque este prncipe mereciese toda su atencin, no pudo dejar de preguntarle dnde estaba la Bestia.

-Aqu, a tus pies -le dijo el prncipe-. Cierta maligna hada me orden permanecer bajo esa figura, privndome a la vez del uso de mi inteligencia, hasta que alguna bella joven consintiera en casarse conmigo. En todo el mundo t sola has sido capaz de conmoverte con la bondad de mi corazn; ni aun ofrecindote mi corona podra demostrarte la gratitud que te guardo y nunca podr pagar la deuda que he contrado contigo.

La Bella, agradablemente sorprendida, tendi su mano al hermoso prncipe para que se levantase. Se encaminaron despus al castillo, y la joven crey morir de dicha cuando encontr en el gran saln a su padre y a toda la familia, a quienes la hermosa dama que viera en sueos haba trado hasta all.

-Bella -le dijo esta dama, que era un hada poderosa-, ven a recibir el premio de tu buena eleccin: has preferido la virtud a la belleza y a la inteligencia, y por tanto mereces hallar todas estas cualidades reunidas en una sola persona. Vas a ser una gran reina: yo espero que tus virtudes no se desvanecern en el trono. Y en cuanto a ustedes, seoras -agreg el hada, dirigindose a sus hermanas-, conozco sus corazones y toda la malicia que encierran. Convirtanse en estatuas, pero conserven la razn adentro de la piedra que va a envolverlas. Estarn a la puerta del palacio de la Bella, y no les pongo otra pena que la de ser testigos de su felicidad. No podrn volver a su primer estado hasta que reconozcan sus faltas; pero me temo mucho que no dejarn jams de ser estatuas. Pues uno puede recobrarse del orgullo, la clera, la gula y la pereza; pero es una especie de milagro que se corrija un corazn maligno y envidioso.

En este punto dio el hada un golpe en el suelo con una varita y transport a cuantos estaban en la sala al reino del prncipe. Sus sbditos lo recibieron con jbilo, y a poco se celebraron sus bodas con la Bella, quien vivi junto a l muy largos aos en una felicidad perfecta, pues estaba fundada en la virtud.



Anlisis de sus Valores
Lo mejor del cuento Lo menos bueno

- Es una historia llena de valores en poco uso, como el sacrificio y la profundidad en las relaciones personales
- La versin de Disney es excelente, y sirve como referencia para el cuento, eliminando algunos elementos antiguos difciles de comprender hoy da. Bella es uno de los personajes femeninos de Disney ms logrados.
- El personaje de la Bestia tiene mucho ms sentido en la versin original que en la famosa pelcula


- Como con toda historia que versiona Disney, la versin original pasa a un segundo plano.
Valoracin

Es una historia que nunca pasa de moda, llevada por el mensaje "La belleza est en el interior", que lleva a fijarnos en que lo que nos define son nuestras obras, no nuestro aspecto.
Los nios adoran esta historia, aunque los muy pequeos no terminan de entender completamente su mensaje.
En esta versin de Beaumount (pues es una historia tradicional sin un autor definido) las hermanas de Bella tienen un papel muy importante, representando el mal frente a la bondad de Bella.

http://cuentosparadormir.com/cuentos-clasicos/la-bella-y-la-bestia



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Jeanne Marie Leprince de Beaumont [ 1 ]
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